Luis Puenzo en diario Perfil

febrero 14, 2011

Luis Puenzo en diario Perfil
espectáculos

LUIS PUENZO

“Es un desastre ‘Harry Potter’ con tantas copias”

El director ganador del Oscar habla sobre la nueva ley de cine, critica el autismo en algunos realizadores, y dice que proyecta filmar con Oreiro y hacer la película de El niño argentino.

Por Juan Manuel Domínguez

Apoyo. El director asegura que en la ley de cine hay resortes para defenderse. Y cuenta que La historia oficial la terminó de filmar clandestinamente.

En el edificio de la calle Amenábar se respira cierta inquietud y, al mismo tiempo, calma. Es la base de operaciones de Historias Cinematográficas, y una especie de triple frontera de empresas de la familia Puenzo (productora publicitaria + escuela + departamento de efectos especiales). Hablar con Luis Puenzo, entonces, no se convierte en “una charla con el hombre que ganó el Oscar a Mejor Película Extranjera por La historia oficial” sino, precisamente, en un intercambio con el padre de Lucía, Esteban, Nicolás y Sebastián. Un padre que es un director de cine, que creció filmando y que vive en el cine. Una familia de cine, donde el Oscar funciona antes que como estatua sagrada, como anécdota, una más para un apellido que atraviesa décadas de cine sin siquiera enarbolar un escudo familiar. Todo parece visceral: Luis Puenzo narra de cuando escribía guiones con su hija Lucía de pequeña y de grande. Y después cuando ella lo empujó casi a que realice y a coescribir La puta y la ballena. La historia oficial se filmó donde crecieron esos niños; los estudios de esos jóvenes y cortos se filmaron en esa casa, y ahora, otra vez y como siempre, el cine está todo junto para los Puenzo. Desde efectos especiales a producciones, pasando por la nueva aventura de la Escuela Argentina de Artes y Oficios de la Imagen, Luis habla sobre cine, familia y sus nuevos proyectos.

—La tecnología ha sido una parte de tus nuevos filmes, y hasta has dicho que “los efectos digitales sirven más a filmes de países periféricos, para lograr cosas antes imposibles, que para tanques de Hollywood”. Considerando que no tenés prejuicios para el uso de nuevas tecnologías, ¿qué riesgo ves en la posibilidad de que cualquiera pueda filmar?

—Cine-ojo, cine-lapicera, que uno pueda filmar como quien escribe una novela: en un momento era un ideal. Pero ahora que la posibilidad existe; eso produce a veces un efecto engañoso, porque se cree que cualquiera puede hacerlo, que cualquiera puede filmar. El uso del pincel también es una boludez, pero no cualquiera puede ser Miguel Angel o Picasso. No es un problema de la herramienta sino de quién la agarra. Con las herramientas del cine pasa lo mismo. También tenemos cierto facilismo: cualquiera cree que puede ser fotógrafo, que puede montar, que puede dirigir. Me parece fantástico, pero que hay que tener cuidado.

—¿Cómo ves al Nuevo Cine Argentino dentro de esa posibilidad técnica de que casi cualquiera puede filmar?

—El cine argentino más joven arranca en un país que tiene cien años de cine. Y eso no lo tiene cualquier país. Tiene un tronco muy fuerte. Hay de todo en el Nuevo Cine Argentino. Buenos, malos, regulares, canallas. Viene, como en cualquier generación, de todo.

—¿Qué te parece lo mejor que trajo esa renovación?

—A mí me parece que hubo una actitud muy interesante de romper con cierta cosa que veníamos haciendo. Mi generación estaba muy, muy ocupada por filmar, por aprender a filmar. Nos preocupaba mucho. Filmaba con carrito hasta un florero para aprender a usar el carrito. Nos transformamos en tipos que filmamos muy bien, algo que no digo en un sentido artístico sino de oficio. Ahí se estaban formando nombres como Sorín o Aristarain. Yo tenía veinte y pico cuando hicimos La historia oficial; la edad de muchos pibes que filman ahora. No quería que se estilizara la película, no quería que se amariconara. Que mi visión no sobrepasara lo que tenía que decir. Por eso vino muy bien, por parte de la generación nueva, cómo se sacaron esa idea de cine, cómo filmaron más sueltos, con diálogos menos literarios, con una estructura de montaje más libre y menos respetuosa de la gramática del cine.

—¿Y los defectos?

—Al mismo tiempo, los que son medio malervas, los que no aprendieron nunca, van a seguir sin aprender. Están los dos extremos. Nosotros estuvimos dos años laburando con la ley del cine, lo que me hace sentir muy vinculado al Nuevo Cine Argentino. Una de las cosas que buscamos y conseguimos con la ley es que tuvieran acceso más personas a filmar, que se quitaran ciertas prerrogativas.

—En ese sentido, ¿cómo ves la actuación del Incaa en los últimos años?

—Yo creo que bien en general, pero a veces con un democratismo excesivo.

—¿En qué sentido?

—En el sentido de que si yo quiero ir a jugar la Copa Davis, a mí no me llevan. Y con razón, porque soy un tronco y elijen a los que saben jugar. En cualquier actividad, hay formas naturales de selección, ya que no es para todos. Es decir, jugar al tenis es para todos pero no cierto grado de apoyo estatal. Y sin embargo, hay algo que supone que el Estado tiene que ayudar a filmar a todo aquel que quiera. Y debería ser a todo aquel que pueda.

—¿Qué pueda…?

—Por méritos.

—¿Quién los determinaría?

—Uh, hay mil maneras de establecer meritos y deméritos. Sobre todo deméritos. Alcanza con ver las filmografías de mucha gente. ¿Y los méritos? Hay pibes de 15 años de quienes ves un corto y aunque dure cuatro minutos vos sabés. Sabés. Te das cuenta. Es muy posible… Un corto de dos o tres minutos, cómo se conecta con el público, a qué festivales va… ¿Cómo se podría clasificar? ¿Cómo diferenciar a Julio Bocca de un patadura?

—Ante esa idea que sostenés, ¿por qué creés que el cine argentino no tiene tanto público?

—Mucha gente cree que la falta de público para el cine nacional tiene que ver con la seriedad de las películas. No es tan cierto. Muchas veces el “no hacemos la película que quieren ver” no implica eso: el cine se hace con quien lo mira. No todas las películas son para todo el mundo, hay mil formas de cine. Pero si vos hacés algo que se proyecta en una pantalla, es para que alguien lo mire. Cuando entras al cine, y la sala está vacía, ahí te das cuenta de que el público, sea el número que sea, constituye la película. Son fantasmitas proyectados al pedo si no. La película aparece cuando alguien la mira. Lamentablemente, hay escuelas hoy que casi enseñan que eso es el cine, desconectado del público. No hablo de pasividad, hablo de que el que filma lo hace para alguien. Esa locura, ese autismo casi se enseña.

—Pero la ausencia de público con el cine argentino tiene factores más fuertes, o menos discutibles. Por ejemplo, la presencia excesiva de copias de filmes hollywoodenses.

—¡Pero seguro! Es un desastre que venga un Harry Potter con 200 copias. En la ley que hicimos hay resortes para eso, para resolverlo, que casi ni se han usado. Tenemos cine gracias a una de las legislaciones más protectoras del cine como hecho cultural en el mundo.

—¿Te diste muchos porrazos en tu carrera?

—Me los di toda la vida. Casi en un momento fue lo único que me di. Por ejemplo, la película mía más conocida fue La historia oficial, y cuando arrancó en la cartelera, arrancó pésimo. No fue nadie. Todos porrazos. La peste fue un porrazo tremendo, y probablemente es mi mejor película. La gente no quería verla. Justo había caído el Muro; de hecho, si la ves ahora te das cuenta de qué estábamos hablando. Yo nunca hice películas demasiado fáciles. Las películas de Lucía, mi hija, son películas de altísimo riesgo: XXY y El niño pez.

—¿Te cansa la referencia permanente al Oscar y a “La historia oficial”?

—Yo tengo muy en claro el lugar que ocupa y que ocupo. Fue una experiencia fortísima. La empecé a escribir en el ’82 y filmamos en el ’84. Tuvimos amenazas concretas. A la mamá de la nena la amenazaron para que sacara a su hija de la película. Fuimos al Ministerio de Interior, en democracia; de ahí nos mandaron a la SIDE y en la SIDE se nos cagaron de risa. La dimos por terminada y después la finalizamos de forma clandestina. La casa de la película es mi casa. Nadie puso un mango. Cerramos una empresa. Pero extraordinario lo que vino después: recién en el segundo año empezó a subir, cuando nos premiaron en Cannes; pedimos por favor que aguantara un poco más y ahí vino un ciclo de un premio por semana, después la nominación y ahí el Oscar.

“Filmaremos ‘Evita’ con la RAI”

Historias Cinematográficas está en un año que, al menos hoy, se anuncia fértil. Sostiene Luís Puenzo: “Nos agarró un mecanismo en que rotamos, nos producimos unos a otros. Aparentemente este año me dejan filmar una a mí. Que estará basada en El niño argentino y donde actuarán Mike Amigorena y Oski Guzman”. Y mientras hablaba, Puenzo enfatizaba que ahora, en ese preciso “ahora”, estaba comenzando a rodar Infancia clandestina, de Benjamín Avila, con Natalia Orerio y Ernesto Alterio. Y además está en carpeta, para mitad de año, Toxic Jungle, producida por Estaban Puenzo y Elías Koteas, con Rodrigo de la Serna. Una carta fuerte, que padre e hija llevaron al mercado de Berlín, es Wakolda, la nueva ficción de Lucía Puenzo, que será protagonizada por Diego Peretti y Natalia Oreiro y es una historia vinculada con Mengele, el médico y criminal nazi. Puenzo sostiene que “es un momento duro para filmar en Argentina”. Pero su productora familiar cuenta con otro proyecto: “Estamos haciendo con la RAI un proyecto que no es nuestro: Evita. La va a hacer la RAI en inglés. Actores argentinos, salvo Perón y Evita. Entre los nombres, Isolda y Alejandro Awada. Estamos buscando locaciones. E incluso Felipe Pigna está metido”.

Fuente: http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0547/articulo.php?art=27188&ed=0547#sigue

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