El dolor de contar una historia real (Infancia Clandestina en Perfil)

septiembre 11, 2012

El dolor de contar una historia real (Infancia Clandestina en Perfil)

Oreiro y Alterio

El dolor de contar una historia real

Estrenan Infancia clandestina, que cuenta la vida de un chico de 12 años hijo de montoneros. La actriz sostiene que hoy manda la vía democrática y quiere que Merlín elija su ideología, y el actor, exiliado de muy chico, coincide.

Por Leandro Ceruti

09/09/12

Alguna vez Pasolini dijo: “Siempre he pagado, y he ido desesperadamente hasta el final en todo”. Contundente y pasional, como el espíritu de toda su obra, la frase del excelso cineasta italiano sintetiza el brío con que los personajes de Infancia clandestina protagonizan el más crudo film que se hizo en los últimos años sobre la dictadura militar argentina. Personajes que se erigen sobre la propia historia de su director, Benjamín Avila, hijo de montoneros con madre desaparecida. Avila fue ese niño de 12 años que en la película debe ocultar que es Juan, para presentarse en sociedad como Ernesto, y descubrir amigos y nueva escuela en la clandestinidad. Porque en su casa se manipulan armas y municiones frente a sus ojos, y se organizan reuniones en plena lucha armada, hacia 1979. Si hay decenas de películas que abordan el tema, sólo unas pocas resisten ante Infancia clandestina.
La madre de Juan (el protagonista, Teo Gutiérrez Moreno)es Natalia Oreiro, el padre es César Troncoso, y el tío cómplice del niño, que por momentos no olvida que es un niño y lo aconseja sobre cómo ganarse el amor de una compañerita, es Ernesto Alterio.
PERFIL dialogó con Oreiro y con Alterio, e intentaron reflexionar acerca de las complejas situaciones que plantea la historia. “Hay todo un tema porque hay chicos en la película, y eso impacta muchísimo en la gente”, dice Natalia, quien asegura haberse sorprendido porque cuenta que “tuve comentarios de gente –algunos más cercanos que otros– que ya vieron la película y las opiniones están en un cincuenta y un cincuenta. Algunos condenan a los personajes y otros los entienden”. Ernesto, que vivió el exilio, un exilio del cual no regresó (es hijo de Héctor Alterio, quien tuvo que abandonar el país en los 70), agrega: “Ellos (por los personajes) creían que era importante que sus hijos vivieran eso, porque lo hacían por ellos, por su futuro. Era parte de sus ideales que los hijos participaran de eso”. Pero Oreiro aclara: “Podían percibir que estaba en riesgo su propia vida, pero no la de sus hijos”.
—Poner en riesgo su vida, con hijos a cargo, ¿no pone en riesgo a los niños también?
OREIRO: Es difícil opinar sobre algo que pasó en otro contexto de la realidad del país. Hoy es una situación impensada, no podría pasar porque el pueblo está preparado de otra forma. Discutiría por la vía democrática. Entonces es muy complejo.
—Los dos son padres hoy en día. ¿Trataron de pensarse en el lugar de esos militantes con sus hijos?
O: Es difícil imaginar lo que uno haría en determinadas situaciones. Sabemos que eso no funcionó. Hoy sabemos que, dicho por ellos mismos, creyeron que estaban haciendo algo que iba a suceder y no les funcionó.
ALTERIO: A mí esta película me posibilitó darle voz a ese niño que llevo dentro, y que en esos años se lo llevaron de aquí. Fueron circunstancias diferentes, pero de niño viví muchas cosas que hoy, con la película, me he dado cuenta de hasta qué punto me tocan. Cuando pasó la vorágine de la exhibición en Cannes, y llegué a mi casa en Madrid, me puse a llorar apenas cerré la puerta. Y me di cuenta de que me atañe mucho más de lo que sospechaba.
Natalia asegura que la película no tiene una bajada de línea política sino que “trata de contar lo que le sucede a un niño viviendo en forma clandestina” y que eso da la posibilidad al espectador de establecer su propio juicio ideológico. “Algunos piensan que está bien, otros piensan que está mal, y es muy interesante porque Benjamín (el director), siendo hijo de madre desaparecida y habiendo estado secuestrado, no le pone una carga política a la película”, agrega, al tiempo que confiesa que debieron instruirse con material de lectura y que tuvieron charlas con ex montoneros.
—¿Cómo fue? ¿Qué vieron y leyeron?
A: A mí me ayudaron mucho dos libros. Uno es el de Eduardo Astiz Lo que mata de las balas es la velocidad y otro, el de Cristina Zuker (no recuerda el título del libro, que es El tren de la victoria), donde cuenta la historia de su hermano, que era militante, y habla del cotidiano de eso. Y para nosotros era muy importante transmitir el día a día de ellos en la película.
O: Nos sirvió mucho el documental Nietos, por ejemplo, para entender la matriz de lo que estaban haciendo, y todos los libros que nos dio el director.
A: Después hicimos un período de instrucción con ex montoneros, que fueron muy generosos con nosotros y compartieron también todo. A mí me generó una cosa de tener que estar a la altura de semejante empresa y generosidad. Empezando por Benjamín hasta el último que intervino en la película. Algo de esa emoción se transmite en la película.
—¿Cómo reaccionarían si el día de mañana sus hijos les plantean que quieren militar?
O: Yo el sentimiento que tengo para con la educación de mi hijo es la libertad, la libertad en todo sentido, que él elija quién quiere ser y que elija sus propios ideales. Obviamente, los hijos están todo el tiempo observando las actitudes de los padres y es cuando uno se enfrenta con quién es de verdad. Porque empezás a ver en tu hijo todas tus cosas que creías que tenías más mamadas. Uno es el primer referente para el hijo. En ese sentido, mis padres siempre me han dado muchísima libertad emocional, intelectual, nunca me han impuesto ni una religión, ni una ideología; de hecho, en muchas cosas nos parecemos y en otras somos muy distintos.
A: Yo particularmente aprendo más de mi hija, y trato de seguirla yo a ella y no que ella me siga a mí. No quiero dirigirle el camino, quiero seguirla a ver a dónde va, porque es maravilloso y sorprendente.

Fuente: http://www.perfil.com/ediciones/2012/9/edicion_709/contenidos/noticia_0053.html

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